LA FÁBULA DE LA PIEDRA ANCIANA Y EL AGUA ERRANTE
Cuentan las montañas más viejas de Navarra que, cuando el mundo aún aprendía a respirar, nació una Piedra Anciana.
Era orgullosa, inmensa, y creía que su forma sería eterna.
Un día apareció el Agua Errante.
No traía espada ni martillo, solo paciencia.
—No vengo a destruirte —susurró el Agua—. Vengo a enseñarte a cambiar.
La Piedra rió. ¿Cómo algo tan blando podría transformar lo que parecía invencible?
Pero el Agua regresó al día siguiente.
Y al siguiente.
Y al siguiente.
Pasaron siglos.
Luego milenios.
Gota a gota, el Agua fue abriendo surcos diminutos, dibujando líneas, creando curvas, tallando silencios.
La Piedra Anciana comenzó a comprender que no estaba perdiendo su esencia: estaba encontrando su verdadera forma.
Así nació el barranco.
